8/10/09

"De excursión"

Ayer salimos muy temprano de excursión.
Fue un evento planeado por Lorenzo, con la intención de aprender a explorar nuestro interior.
Decidió que fuéramos Isabel, él y yo, a unos acantilados de dentro de la torre.

Caminamos despacio. Siempre con la precaución de poner un pie delante de otro, con seguridad para no resbalar.
Lo que me apeteció hacer, cuando observé el camino tan complicado, fue volver a la escuela.
Pensé que no sería capaz de pasar por esos recovecos. Era tan de madrugada, que la noche aún caía sobre nosotros.
Entre el sueño que tenía (el día anterior tuve un día muy ajetreado… Estuve haciendo varias clases de control mental y físico, y terminé agotada), y lo de noche que era, lo único en lo que pensaba era en mi cama.

- Isabel – Le decía a mi nueva compañera de cuarto - ¿Cómo haces para estar tan risueña? Es tan pronto, que ni tan siquiera los pájaros están despiertos.
- Fácil – Me respondía ella – Sólo tienes que desear estar bien, y no fijarte en que es de noche o de día. Tan sólo disfrutar del momento.

“Disfrutar del momento… Claro. Es lo más sencillo…”, pensaba al principio de la travesía con gran ironía.

Poco a poco, el camino difícil fue convirtiéndose en un paseo.
Lorenzo iba siempre delante, con su paso ágil y juvenil.
A veces se volvía a mirarnos, y sonreía con ganas (Parecía contento. Su risa era burlona. O eso pensaba yo en esos instantes).

Después de mucho andar en silencio, caminar ya no era un problema. Ni tan siquiera la noche que aún nos acompañaba. Todo estaba muy tranquilo, fuera y dentro de mí.

El acantilado se hizo gruta y entramos en su interior.
Lorenzo nos dio entonces una clase sobre la excursión.

Lo cierto, es que apenas si habló. Lo hicimos más Isabel y yo, y sinceramente aprendí mucho.
Lo importante de esa clase, fue lo que mi compañera y yo dijimos. Como habíamos afrontado cada una la situación.

Isabel contó muchas cosas en las que yo no me había fijado. Dijo que por el camino, había visto muchos insectos y animales variados. Que le había gustado observar como caminaban las orugas (tan despacio) y que había decidido que por la mañana de otro día, volvería a verlas de nuevo.
Yo por mi parte, apenas tuve que contar.
No había visto nada de todo aquello que había maravillado a Isabel.
Mi mente estaba en otra cosa. Sólo en que tenía sueño, en que estaba cansada, en que no podía más.
La de experiencias que me perdí…

¡Lección aprendida!
O eso creo.
Volveré con Isabel otro día a ver a las orugas. Y aunque sea de noche y esté cansada, disfrutaré del momento.
Besos para todos.
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1 comentario:

  1. TE DIGO AQUÍ DE NUEVO GRACIAS, CAROL Y OTRO BESOTE ABRAZAO

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