- ¡Serena! – La potente voz de mi anciano padre, me despertó la otra mañana – Serena, es hora ya de que te levantes, o llegarás tarde a clase.
- ¿Papá? – Susurré, mientras me destapaba – Estás más joven...
Me froté los ojos para poder abrirlos, y observé anonadada que mi habitación de la torre, ya no era tal.
- Serena – Repitió mi padre – Recuerda que tienes que llegar hoy pronto de la escuela, ya que abrimos la posada unas horas antes.
- ¿Por qué? – Pregunté en voz baja.
- Vaya memoria que tienes hija… Hoy llega a la aldea, tu primo de las tierras lejanas, acompañado del jefe de su ciudad… Tu madre está preparándolo todo. Vamos – Insistió – No hay tiempo que perder pequeña.
Tardé en comprobar que mi aspecto ya no era el de una joven. Ahora, volvía a ser una niña de diez años.
Recordaba el día en que mi primo llegó a Tierra Opaca. Casi todo el pueblo, salió a recibirlo:
- Dicen que viene, con la persona más importante de todas las ciudadelas conocidas – Comentaban los aldeanos.
- Yo sé de quién se trata – Presumían otros – Lo conocí hace años, cuando viajé a las tierras del oeste.
Después de aquella escena en mi dormitorio de la posada, una imagen vivida llegó a mi mente: era yo, de joven y en la torre del futuro. Los chicos del patio, nos mandaron instrucciones precisas para abandonar su presente. Tumbada en mi cama, dije a Jeno y a Valentín:
- No me miréis así amigos. Ya sabéis que yo no voy a ninguna parte. No por ahora. Mañana he quedado con Lorenzo.
- Claro – Escuché decir al cocinero, dirigiéndose al maestro – No es normal, pero se puede intentar.
Las palabras se repitieron una y otra vez, como si de una grabación se tratase.
- No es normal, pero se puede intentar.
¿A qué se refería con aquello? ¿Estaban hablando en clave?
Sin dejar pasar mucho tiempo, Jeno se aproximó a mi cama.
- Toma Serena – Me dijo – Esta infusión de té, te hará descansar.
Recuerdo que me incorporé, dándole las gracias a mí amigo.
Tuve entonces una gran somnolencia.
- Ya está – Creí escuchar – las instrucciones de los chicos eran claras. Si no quiere ir por su cuenta, lo haremos sin su consentimiento.
Cuándo desperté, lo hice en mi aldea y en aquel instante de la visita de mi primo.
Al darme cuenta de aquello, lo primero que pensé, fue que se habían equivocado y me habían mandado de regreso a casa, pero… al recordar en persona los acontecimientos, dudé mucho de que no fueran premeditados.
Aquella tarde, no se produjo tal y como creía rememorar.
Mi primo del oeste, llegó solo a la posada:
- Lo he dejado en la pensión tíos – Dijo sonriente a mis padres – Estaba muy cansado el hombre. Hemos hecho un viaje muy largo.
- No pasa nada – Dijo mi madre entre dientes – Que le vamos a hacer hijo… Ya vendrá mañana.
Mi madre decidió no sacar los aperitivos y demás preparativos, que llevaba días haciendo.
- Lo siento de verdad tía – Dijo mi primo – Este hombre tiene muchas ganas de veros, ya que no puede olvidar lo amables que fuisteis al acoger a su hija.
- ¿A quién? – Pregunté de modo inocente - ¿Qué hija?
Mi madre y mi padre abrieron mucho los ojos y llevaron cuchicheando, a mi primo a la cocina:
- Calla muchacho, calla. Serena no lo sabe.
La niña que fui y que era, tenía mucha curiosidad de saber aquella historia, que nunca le habían contado, así que me escondí detrás de la puerta. Atentamente escuché:
- ¿Cómo que no lo sabe, tíos? Habíais quedado que se lo diríais cuando fuera mayor.
- ¿Mayor? – Exhortó mi apreciado padre – Pero si mi Serena es todavía una chiquilla.
- Vamos querido – Le tranquilizó mi madre – No pasa nada. Todo será un malentendido. El jefe vendrá mañana y nos dirá el motivo de su visita.
De repente, la voz de mi padre, me hizo dar un respingo:
- Serena hija, ¿Qué haces detrás de la puerta? Anda entra. Ven con nosotros a la cocina. ¿Qué te apetece comer?
Mi padre me acarició la cabeza y me empujó suavemente, hacía la habitación.
- Aquí está la pequeña – Dijo mi padre, a mi primo y a mi madre, los cuales quedaron callados al llegar yo.
- Venga Serena – Prosiguió mi madre – Siéntate con nosotros.
Os seguiré contando.
Besos para todos.
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