10/11/10

“Recordando Quién Soy"

La acogedora cocina de la posada de mis padres, parecía gritarme.
- ¡Serena! ¡Eres tú! La chica que no es una niña, y que vive en este pasado, lleno de secretos familiares. Recuérdalo. Recuerda quién eres.

Con el paso lento, entré en la cocina y me senté junto a mi madre.

- Mamá – Le dije - ¿Quién es el hombre, que ha venido a vernos desde tan lejos?

Mi madre me miró con compasión. Mientras me tocaba la mano, que tenía puesta encima de la mesa, me dijo:

- Eres de lo que no hay, Serena, hija mía. Como te gusta preguntar.

- Claro – Respondí – Soy una niña…

A pesar de mis preguntas, nadie me respondió. Ninguno de los adultos de la sala, sabían como desvelar lo oculto.

- ¿Quieres unas patatas asadas, cariño? – Me dijo mi padre, con las manos tintadas de negro.

Respondí que sí, ya que las patatas, son uno de mis platos favoritos. Gracias a eso, dejé de pensar en mis preguntas y me centré por completo en devorar dos patatas asadas y sazonadas con mucha pimienta.

La noche llegó tan deprisa, que apenas tuve tiempo de recordar quién era, y porque estaba en aquel lugar. De hecho, mi pequeño cuerpo estaba muy cansado y me quedé dormida en los brazos de mi madre.



A la mañana siguiente, mi primo del oeste, llegó a la posada muy temprano.

Mis padres creían, que seguía en la cama, pero yo ya estaba en pie y escondida en uno de los recovecos de la posada. Así, pude escuchar decir a mi primo:

- Lo siento tíos – Dijo – No va a venir. Me ha indicado que os diga, que si a vosotros no os importa, regresará en un tiempo, cuando Serena tenga unos veinte años.

- ¿Importarnos? – Exhortó con alegría mi padre – Para nada, para nada…

- Bueno… - Intervino mi madre – Un poco sí. Me habría gustado volverle a ver. He hecho tantos preparativos…

- ¡Bien! – Exclamó mi primo con fuerza – Pues nos vamos tíos. Yo vendré antes a veros. Dadle muchos besos a la pequeña.

Con el rostro aliviado, mis padres, lo acompañaron hasta la puerta.

- Entonces… - Susurré en mi escondite – Por eso, cerraron la posada, y por eso no pusieron impedimentos en que marchara de la aldea…

Mi madre entró de nuevo a la posada. Con un hilo de voz, dijo:

- Estoy contenta de que Serena no se haya enterado de nada… No sé si nos perdonaría las mentiras…

- Tienes razón – Le dijo mi padre, mientras le daba un gran abrazo – Ella no lo entendería. Por lo menos, no ahora. Cuando sea mayor… entonces, tal vez sea el momento.

Algo entristecida, por las palabras de mis ancianos padres, me escabullí de mi escondite hasta mi dormitorio. Allí, me tumbé en la cama, e intenté recordar, como había llegado hasta aquella situación.

- ¿Quién eres Serena? – Me preguntaba mientras miraba la cara de la niña de diez años, en el espejo - ¿Dónde están mis amigos? ¿Por qué no puedo recordar quién era?

Un silbido muy fuerte, me despertó de mis dudas.

- Serena – Gritó alguien fuera de la posada – Tienes que regresar, tienes que recordar quién eres.

La familiar voz de Jeno, me ayudó a salir de mi pena.

- Poco a poco – Me dije – Poco a poco sabré quién soy y volveré a mi presente. Hay más cosas que aprender en este pasado. Lo descubriré.

Mis ojos se cerraron como si tuvieran plomo y caí en un profundo y agradable sueño.

Hasta pronto. votar

4 comentarios:

  1. Vaya viaje ha tenido, tiene muchísimas cosas en que pensar. Espero que haya hecho bien en cerrar los ojos...
    Hasta otro lectura.
    Un saludo.

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  2. Que buen Blog, me encanta lo que escribes aqui.

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  3. pensar es bueno y pensar es gratis

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  4. Pues si camobel ;) Pensar es bueno y pensar es gratis. Vamos tod@s a pensar :) Un saludo

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