3/8/11

“Un Día Para El Encuentro”




Por dónde empezar, mi querida hija.


Hace tiempo que te busco sin esperanzas.


Esta mañana he visto a Roberto. Él me ha dicho que estabas en la aldea donde te dejé, hace ya tantos años.


Convencido de que no estabas ya entre nosotros, he vivido con la certeza de que el fin de los tiempos, está más cerca que nunca.


Habrás oído hablar mucho sobre el tema. Imagino que en tu vida, han aparecido muchas dudas y muchos miedos.


Hoy es el día, Serena. Hoy es el día de encontrarnos de nuevo.


Si tú quieres, claro.


Roberto me ha dicho que estás bien. Que eres una gran persona.


Yo no lo dudo. Pienso que hice lo mejor al dejarte en la posada.


Es posible que no me entiendas. Pero te aseguro, que es lo que tenía que hacer.


Desde aquel día, no hay noche que no llore tu ausencia.


Hoy es el día, hija.


Me repito, porque tengo la necesidad de saber que realmente vendrás a la cita.


Necesito verte, abrazarte y decirte que me perdones.


Nunca quise hacerte daño.


Los acontecimientos llegaron, casi sin darme cuenta.


Y hoy… hoy es el día, pequeña…


Es el día”.

Roberto ha regresado a la aldea. Ha traído consigo esta carta, y una hora y un día para el encuentro.

Mi verdadero padre quiere verme. Dice que nunca quiso hacerme daño y que tenía que abandonarme…

Le he preguntado a Roberto el porqué del abandono, y él con su peculiar alegría, me he respondido sin respirar :

- Serena… ese hombre… ese hombre no hizo bien al dejarte. Pero era necesario. Eres quién eres hoy, por lo que has vivido… y con tu verdadero padre, no habrías vivido…

Con desazón, miré al que creía desaparecido:

- He tenido una gran vida, es cierto. Y nunca eché de menos nada. Mis padres me ofrecieron toda su energía y su amor. He trabajado mucho… es verdad. Pero no tengo resentimiento a nadie. Ni a mis ancianos padres, ni a ese hombre, que tantas ganas tiene de verme… - Le dije también, sin respirar.

- Pues gracias – Respondió – Creía que te enfadarías si iba a buscar a tu padre. Por eso me fui sin decir nada.

- ¿Sabías donde estaba desde el principio? – Pregunté indignada - ¿Y por qué no me lo dijiste?

Roberto se escondió detrás de su capa y murmuró:

- Para mí el tiempo no ha pasado, Serena. Aún soy ese adolescente preocupado, que acompañaba a tu padre. Él seguía en la ladera del monte… muy cerca de aquí. Y yo lo intuía. De cierta forma lo sentía. No sé cómo explicarlo.

- Creo que no hace falta que lo hagas – Dije sin miramientos – No sé si fiarme de ti ni de esta carta – Apuntillé, mientras apretaba fuerte en mi mano el trozo de papel.

Roberto me miró con miedo.

- Tienes que ir a la cita, Serena. El tiempo y el espacio, se romperán si no los haces…

Con aquella misteriosa frase, el hombre se alejó con prisas, mientras mascullaba palabras como chicle:

- No dejes de ir… no dejes de ir… el tiempo y el espacio… yo mismo… la aldea… el norte… el miedo…

Cuando se alejó, tuve claro una cosa: ese no era el Roberto que yo había conocido días antes.

No sé quién es, pero no es la misma persona.

Voy a pensarme si ir a la cita, antes de irnos de la ciudadela.

Por fin todos hemos decidido algo conjuntamente…

En cuanto el norte se restablezca por completo, regresaremos a la torre.

Lo necesitamos.

Hasta pronto.


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