Hemos parado en la cueva. Nos quedaremos aquí varios días.
Ya nadie queda. Pensé que volvería a ver a los viajeros…
En la penumbra de la solitaria cueva, escucho el pasar del
tiempo. Apoyo mi cabeza en la roca… la roca que tiene vida, la roca que habla.
Su silencio dice tanto como mis sueños…
He vuelto a soñar. He vuelto a ver sueños reales y llenos de
enseñanzas.
Los necesitaba…
Aunque mi verdadero padre me desconcierta y me repele…
No tengo ganas de verlo ni de hablar con él. Josué dice que me
acerque. Yo no quiero.
Mis amigas parece que están mejor que antes. Ambas ya ríen y
bailan sin miedos.
Jeno está a mi lado. No se mueve de la roca fría. Yo le
agradezco su esfuerzo. Me gusta mucho su
compañía.
Rodeo sus piernas cansadas, cada vez que me levanto para dar
una vuelta. Necesito estar sola a pesar de todo. Y de todos.
No entiendo como Josué no me dijo nada de que mi padre
vendría… Dice que no quería preocuparme y que debía de ir al segundo encuentro
con él.
Aún no sé cómo es posible que mi llamado padre, tuviera de
maestro a Lorenzo…
Como digo no quiero hablar con ese hombre taciturno y
embustero… no me apetece ni tan siquiera preguntarle.
Los sueños hablan por él y por mí.
Anoche vi a mis ancianos padres llenos de juventud y de
risas.
Sentí que estaba en un sueño real, porque mi cuerpo comenzó
a moverse sin yo quererlo.
De repente un fuerte ruido me “despertó” dentro del sueño.
Ambos se miraban con amor y se reían mientras charlaban
amigablemente en una de las mesas de la posada. Lo raro de la escena, es que
ellos estaban allí de invitados y no de dueños.
Yo les observaba desde detrás de una puerta y una chica
joven les atendía.
Parecía como si quisieran hablar con aquella muchacha. Se
les veían tan contentos…
- Otra ronda – Gritó un hombre rodeado de otros muchos – Mañana
es un gran día. Volvamos a brindar.
Entre gritos, ruidos de tazas chocando y aplausos, pude
escuchar la conversación que mi querido padre y la muchacha, estaban teniendo:
- Nosotros estamos muy interesados – Le decía mientras la
miraba fijamente a los ojos – Necesitamos esta posada. Somos buenos
trabajadores… no te arrepentirás.
La mujer miró al hombre que acababa de brindar, e hizo un
gesto afirmativo:
- De acuerdo… quedaros con la posada… Yo necesito huir y alejarme
de este lugar. No entiendo bien porque desean quedarse aquí, pero ahora vienen
tiempos de penumbra… todos nos vamos. Ha llegado el momento.
Mi madre sonreía sin mucho interés en lo que decía la chica.
Mi padre concluyó:
- Queremos tener hijos. Nos gusta la tranquilidad de un
pueblo silencioso. No nos importa lo que ocurra en el exterior, mientras
nosotros estemos bien aquí dentro…
Mi sueño se terminó. Mis amigas vinieron a buscarme con
mucha energía:
- Vamos Serena. Es hora de enfrentarte a tus miedos. Vamos a
ver a tu padre.
Sorprendida ante las palabras, luego pude saber a qué se
referían. El anciano hombre, de pie en mitad de la explanada de la cueva,
hablaba en voz alta con los ojos cerrados:
- Es sonámbulo o algo así – Me dijo divertida Estrella – Es
mejor no despertarlo.
Con la sospecha de que aquellas palabras sin sentido,
tendrían algún significado, decidí quedarme en la cueva, al lado de la fría
roca.
Hasta pronto.
Os seguiré contado.
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