Las preguntas que
los estudiantes de la torre nos hicieron durante la comida, fueron de lo más
variopintas.
Muchos de ellos, insistían en que nosotros estábamos allí
para quedarnos.
- Sabemos que sois los dioses del futuro y os necesitamos –
Decían un grupo de chicos – Imaginamos
que vosotros sabéis que es así, ¿no?
El lenguaje de los habitantes de la torre, era algo arcaico.
Hablaban con un vocabulario poco extenso y había ocasiones en que no
entendíamos palabras que decían.
- Maestro Lecea – Interrumpió Valentín – Me prometiste que
después de las preguntas, podríamos retirarnos hasta mañana.
El Maestro que miraba al suelo concentrado, no levantó la
cabeza, mientras respondía:
- No os puedo dejar acostaros todavía – Dijo con tono grave
– No sabemos una cosa muy importante y nos la tenéis que decir…
Mis amigos y yo nos miramos:
- ¿De qué se trata? – Preguntó Jeno.
- Es algo relacionado con nuestras posesiones… En pocos días
una expedición del norte, llegará a la torre, cargada de tesoros de tierras
lejanas… Nos han prometido que seremos los herederos del futuro y que podremos
decidir en todo lo que ocurra…
El cocinero soltó una pequeña e involuntaria carcajada:
- No es para reír – Dijo el Maestro Lecea. Se giró y abrió
los brazos en cruz:
- Es el momento adecuado… tenéis que saber que no sois
nuestros invitados y que esta noche no dormiréis calientes – Indicó alzando
mucho la voz – Necesitamos saber que nos pasará en el futuro…
No pude continuar callada:
- Es una locura – Advertí – No sabemos ni donde estamos…
¿Cómo vamos a saber que va a pasar en vuestras vidas?
Jeno y Valentín me miraron con enfado:
- No quiere decir eso – Afirmó el cocinero – Claro que
sabemos todo eso que deseáis conocer… Serena no sabe de lo que habla… está
aturdida.
- Atur… ¿qué? – Preguntaron un grupo de jóvenes, que no
habían comprendido la palabra.
- Significa que ha tenido unos días muy tensos… No os preocupeis… Os lo
diremos… - Tranquilizó el joven maestro.
Incrédula antes las palabras de mis amigos, continué sin
hacer caso de lo que decían:
- Maestro Lecea… ¿de verdad no sabe quién soy yo? ¿Acaso
eres quién dices ser?
Valentín fue rápido y clarificó:
- ¿Un descendiente de los Maestros de la torre? – Dijo sin
respirar.
Lecea se quedó absorto. Por unos instantes creí que iba a
confesar que era mi verdadero padre, pero… levantó la mirada y susurró un
escueto:
- Si.
Después de aquello, muchos estudiantes se retiraron a descansar
y el Maestro decidió dejarnos tranquilos por esa noche.
Pero solo por esa noche…
Seguimos en este curioso pasado, y cada día es más extraño.
Los más jóvenes se acercan a nosotros y nos hacen preguntas todo el tiempo.
Los más mayores, están convencidos de que somos los dioses
del futuro, aunque no queramos
reconocerlo y nos agasajan todo el tiempo.
Después de la otra noche, no hemos vuelto a ver al Maestro
Lecea. Nadie nos dice donde está y la verdad, es que ya estamos cansados de
este pasado.
Voy esta tarde a la biblioteca. Necesito saber más sobre
estas gentes.
Ojala Pablo estuviera aquí… él sabría cómo tratarlos.
Hasta pronto.
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