14/3/12

“Otro Cuento”


Seguimos en las excavaciones. Nada ha ocurrido. No hemos visto seres extraños, ni han vuelto a aparecer marcas en los alrededores.

Estábamos algo aburridos, hasta que han llegado algunos estudiantes de la torre.

- Serena – Gritó el pequeño Pablo desde lejos – Te echamos de menos.

Su cara reflejaba entusiasmo y felicidad.

Más tarde, Pablo me ha pedido que les ayude a él y a su amigo Luis, a contar un cuento.

Les he dicho que la imaginación tiene que ser de ellos, pero que les ayudaría encantada.

- Ya le dije yo a Luis – Respondió el pequeño sabio -  “Seguro que Serena nos ayuda. Es la mejor contando cuentos…”.

Lo primero que hicimos, fue crear una lista con varias palabras.

- Luis dime cinco palabras – Dije – Y tú Pablo, dime dos más.

Los chicos parecían exaltados ante la petición:

- De acuerdo – Dijo el amigo de Pablo – Yo digo: Mesa, cielo, nubes, cuadro y silencio.

- ¡Muy bien! – Exclamé contenta – Me han gustado las palabras. Pablo… - Me dirigí a él – Ahora dime tú las palabras que faltan.

Pablo se quedó pensativo, pero sin perder la mirada:

- Creo que Ruinas y Lombrices…

- Vaya – Intervino Jota – Este chico parece tener mucha imaginación…
Pablo se quedó en silencio observando a mi amiga, que comenzó a darle en la cabeza como si acariciara 
a un animal.

- No quiero que esté aquí – Dijo Pablo de modo rotundo, hablando hacía mí.

- No te preocupes – Respondió risueña Jota – Que ya me voy…

Les dije a los chicos que se sentaran en las rocas cercanas y que comenzaran a imaginar una historia con aquellas palabras.

- No os perdáis. Sabed que cuanta más estrafalaria sea la idea, mejor.

Ambos asintieron.

Al rato llegaron a mi lado, con las mejillas sonrojadas.

- Parece que habéis pensando mucho – Dije – Venga… contadme lo que os habéis inventado.

Los dos niños entonces, me contaron el cuento:

Erase una vez un pueblo  abandonado. En sus calles, tan solo se escuchaba el silencio de la nada y el ruido del viento cuando golpeaba las puertas medio en ruinas. Parecía un empobrecido cuadro lleno de historia.

Una noche, una fuerte tormenta amenazaba el cielo. Las nubes eran cada vez más visibles y el frío se colaba por los huesos. Aunque nadie había en la aldea, un murmullo se escuchó debajo de la tierra.

Las lombrices, comenzaron a escarbar para huir del terror que se acercaba. Ningún ser vivo deseaba seguir en aquel lugar tenebroso.

De repente y a lo lejos, se escuchó el canto de una niña:

“Las rosas son rojas y el cielo azul, quién vive en mi casa, dímelo tú”.

Las lombrices parecieron escuchar aquella dulce voz y decidieron quedarse enterradas en aquel lugar, 
hasta que llegara la pequeña.

“Si hay vida, hay amor, si hay amor, hay esperanza… nada se deshace ni se desquebraja”.

La niña continuó cantado, ajena a las lombrices que la esperaban.

Cuando llegó a una de las casas, el viento dejó de soplar y las puertas dejaron de moverse.

“Es el momento adecuado para cocinar un pescado”.

La chica continuaba con sus rimas, y divertida se sentó en la mesa más larga del comedor:

“Si nada me falta, nada soy, si nada soy, nada tengo. La ilusión del mundo se refleja en mi cuerpo”.

Un silencio atronador apareció en la sala. Cientos de lombrices salieron de la tierra y parecieron cantar 
con la niña:

“Este es tu camino y hasta aquí has llegado, quién no llega no conoce y tú lo has acertado”.

Tan solo hizo falta un susurro y la chica se transformó donde estaba. Las lombrices la acogieron con ganas. Era parte de ellas. Una lombriz más. Sin empalizadas”.

Cuando los chicos terminaron el cuento, les pregunté: ¿Moraleja?

Ninguno supo que decir. Tan solo me explicaron como el cuento había surgido solo y sin esfuerzo de sus bocas.

- Está bien – Les dije – Ese es el camino. Lo habéis hecho muy bien.

Mañana dicen que van a volver y que me contaran la segunda parte del cuento. Les espero.

Besos para todos.



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