26/9/12

“La Casa de Jota”

Mi primo ha tenido que irse.

- Dejamos nuestra casa sin cerrar – Me dijo Jota – Nunca ha pasado nada por allí…

- ¿Y entonces? – Pregunté - ¿Por qué se va Josué?

Jota se tocó la barriga que ya comenzaba a crecer.

- Hemos tenido noticias de unos vecinos del pueblo… dicen que hay un grupo de jóvenes, que se dedican a ocupar las casas vacías… “Si están sin habitar, estamos en nuestro derecho”, dicen…

La miré. No sabía cómo iba a reaccionar.

- A mí me parece bien – Dijo algo risueña – Y es justo que las aldeas no se queden vacías, por culpa de unos cuantos que abandonan sus hogares…

- Pero entonces… cuando mi primo llegue, tal vez no tengáis casa… ¿no?

- Si… Casa tendremos.  Esas personas por lo visto, dejan de vivir allí, en cuanto llega el inquilino original.

- ¡Ah! – Exclamé – Entonces… ¿Cuál es el problema?

- Ninguno – Respondió mi amiga relajada y feliz.

Supe que Jota me estaba ocultando algo… pero decidí no indagar. Es posible, que si continuaba con la conversación de cómo era su casa, terminaría confesando.

- Es un lugar maravilloso – Continuó – La entrada a la casa es mi lugar preferido… allí me siento y me quedo horas viendo a la gente pasar.

- ¿Pasan muchas personas? – Pregunté con algo de curiosidad.

- Sí… ¿No te lo he dicho?... Estamos al borde un camino – Jota sonrió de modo nervioso.

- ¿Qué te pasa?

Mi amiga no respondió.

Jeno llegó a nuestro lado:

- ¿Habéis visto a Pablo?... Llevo horas buscándolo…

El joven maestro parecía preocupado.

- Yo no lo he visto – Dijo Jota – No, desde que Darío le borró los recuerdos.

Jeno arrugó la cara.

- Ya… - Dudó – Pero yo estuve con él ayer… y me pareció muy atolondrado. No sé si está enfermo.

Jota tranquilizó a Jeno.

- No está enfermo – Respondió – Está con Josué – Dijo en susurros.

- ¿Cómo? – Dijimos los dos al unísono - ¿Y por qué?

Jota no parecía dispuesta a confesar. Hasta que llegó Lorenzo.

- Es que nuestra casa, Serena – Dijo mi amiga mirándome – mi casa está en la época del niño sabio…

Todos nos quedamos callados y sin poder creerlo.

- El niño echaba de menos a su gente… y Josué le animó a acercarse con él a nuestra casa.

- ¿Acercarse? – Pregunté con ironía.

- Sí… Su época no está tan lejos.

Jota suspiró mientras se volvía a tocar la barriga.

- Ya os contaré más cuando regresen.

Y así, nos quedamos en silencio y con el rostro desencajado.

Os seguiré contando.

Hasta luego.


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