13/2/13

"El Ermitaño"

Cuando vivía en la posada con mis ancianos padres, todas las madrugadas olía a pan recién hecho.
Aún quedaban muchas horas para el amanecer, y ya mi padre amasaba sin descanso al lado del gran horno de la cocina.
Los hambrientos viajeros, devoraban el pan recién hecho, mientras escuchaban las historias y aventuras de sus viajes.
Recuerdo una época en la que los que venían a la posada, no paraban de hablar de seres fantásticos al otro lado de las gélidas montañas.
Seres de otra época, con largas barbas y sombreros puntiagudos.
Vivían en los bosques más frondosos y se llamaban a sí mismos ermitaños.

Una noche tuvimos la suerte de conocer a uno.
Llegó a la posada cuando estábamos a punto de cerrar.
Los pocos clientes que quedaban, al verlo llegar, salieron corriendo como si les hubieran obligado a reaccionar ante la presencia de aquella persona.
Mi anciano padre le puso uno de los panes de la mañana, y una copa de vino:
- Es ya tarde - Dijo con la voz baja - ¿Va a tomar la sopa del día o prefiere algo con más sustancia?
El ermitaño levantó la cabeza, apartó su gran sombrero de la cara y lo miró mientras hacía un gesto afirmativo:
- Legumbres, entonces - Afirmó mi padre si pestañear.
Creo que aquella fue una de las primeras veces, que vi como alguien utilizaba la magia dentro de la posada.
La telepatía de aquel ser, me impactó, a pesar de que no sabía exactamente lo que había hecho.
El ermitaño se descalzó y se acercó a la chimenea.
Tenía los calcetines agujereados.
Se sentó en una silla y puso los pies en un taburete cercano.
- Llevo días caminando - Dijo, mirando al fuego - No he comido caliente desde que...
Guardó silencio...
Continuó hablando cuando observó a mi madre detrás de la mesa de vinos:
- Tampoco he bebido nada desde hace días...
Mi madre se acercó al hombre, que había dejado sus viandas en la mesa, y le ofreció otra copa de vino.
El ermitaño la cogió y olió su contenido:
- No bebo de esto - Dijo señalando la copa llena de líquido rojo - Hace años que dejé de beber estos menjunjes... - Suspiró - ¿Tenéis agua?
Mi madre salió corriendo a la cocina a por un vaso de agua, asombrada de que un hombre de su edad, no tomara la bebida más deseada por los pueblerinos.
Yo permanecí en un rincón de la sala, sin apenas respirar.
Aquel gran hombre, se volvió en su silla y me miró:
- Eres una elegida - Me dijo - No creas nada que no seas capaz de comprobar por ti misma.
Yo era muy pequeña y apenas presté atención a las palabras del ermitaño. Tan solo miraba su larga barba y su original sombrero.
Sin embargo el ermitaño, continuó hablándome:
- Cuando estés en tu destino, recuerda... Nada es lo que aparece. Ni tan siquiera cuando lo creas todo seguro...
Hablaba con galimatías y yo no dejaba de mirarle la barba.
Mi anciana madre entró en el comedor y le dio una gran jarra de agua.
El ser la cogió entre sus dos manos.
Bebió como si nunca lo hubiera hecho.
- Es el momento de irte de a la cama - Gritó mi madre con voz dulce - Venga señorita, que mañana tienes que madrugar.
Los recuerdos del ermitaño habían desaparecido de mi memoria.
Esta mañana me he despertado pronto y recordándolo todo.
Aquel ser grande y sabio se parecía mucho a Lorenzo.
Nunca regresó a la posada, pero yo nunca olvidé su presencia y sus ropajes.
Creo que decidí ser como él en algún momento de mi adolescencia...
Si él era un ser mágico, yo quería ser también un ser mágico.
Aunque sus palabras no las escuché hasta esta mañana, cuando mis recuerdos afloraron con la magia de la torre.
Voy a caminar hasta el bosque.
Hasta luego.

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