6/3/13

“Otra de Mis Vidas”


Ataviada con todos mis ropajes, salí a caminar descalza por el bosque.
La luna seguía observándome desde lo más alto y a pesar del frío, me encontraba muy a gusto.
Andaba despacio, sin prisa, sintiendo cada paso que daba.
Sabía que aquellas serían mis últimas andanzas y por eso quería saborearlas detenidamente.
Lo extraño de aquel sueño, que aún recuerdo con una mezcla de miedo y de placer, es que me resultó excesivamente familiar.
Creo que el caminar descalza era mi forma de decirme a mí misma, que tenía que regresar a la tierra.
Había llegado mi momento que, a pesar de no ser deseado, era uno de los instantes más mágicos que había tenido en toda mi breve existencia.
Allí estaba yo… Serena… De pie, en mitad del gran bosque oscuro, con aspecto de niña y vestida de muñeca.
El viento se escuchaba a un gran volumen. Mis pequeños pies se enredaban a cada paso entre los arbustos… Y a pesar de todo, yo continuaba caminando.
Mis padres no existían. Mis familiares más cercanos tampoco. Sé que me había escapado de un lugar blanco llena de personas que gritaban muy alto…
Supe que eran locos… Atados y maniatados por todos los rincones del aquel sombrío lugar. Sus caras desencajadas no daban tregua a mis miedos. Ellos estaban allí porque nadie les había sabido entender… porque, al igual que yo, estaban solos.
Decidí huir la noche más negra de todas, cuando la luna apenas era una uña tan pequeña como lo era yo en aquella vida.
Ni siquiera estaban los animales del bosque. Nada se oía… solo el aire que se arremolinaba en torno a mi figura.
Sabía que me quedaba poco tiempo. A pesar de todo, era consciente de que el tiempo no existía… al igual que la muerte. Aún así, me hice un ovillo en el suelo y grité de dolor… No dolor físico, sino por la angustia de estar sola, sin más compañía que mi no acertada locura.
La mañana llegó. Mi pequeño cuerpo estaba inmóvil en el mismo rincón en donde me había acurrucado.
Jota se sentó a mi lado y dijo con voz suave, como un leve canto:
“Te busco y te encuentro en medio del bosque, llena de hierba y henchida de dudas… Eres Serena, mi gran compañera… Dudas y dudas y nunca te ocultas. Abre los ojos amiga, llénalos de luz y regresemos a la torre”.
La miré desde la mitad del bosque, donde me encontraba desde esa madrugada. Ya no era una niña ni había muerto. Solo estaba perdida en la madrugada sin luna…
Sabía cuál era el final de la pequeña… Y casi descubrí cual sería el final de Serena.
Hasta luego.

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